Capítulo II
EMMA
Estaban por dar las 6:00 de la mañana cuando sonó el despertador. Emma se levantó, sobresaltada por la hora, se vistió rápidamente -casi, casi en Infinitum-, tomó un par de sorbos de café, y salió presurosa con dirección al norte de la Ciudad.
La conferencia prometía una buena asistencia de los noveles estudiantes, que recién habían ingresado. No deseaba exponerse a llegar tarde. La reunión aconteció fluidamente, sin contratiempos. Era tiempo de partir hacia el laboratorio.
Al llegar a su oficina, practicó el ritual matutino diario: descolgó la bata blanca del perchero, pasó el brazo derecho dentro de la manga derecha y el brazo izquierdo, por la izquierda. La ajustó sin abrochar los botones. Sobre su escritorio se encontraba un informe del Doctor Francisco Garrido, eminente galeno que radicaba en Veracruz. Preparó una taza de café antes de iniciar la lectura.
El Doctor Garrido cumplió aceptablemente sus dos funciones en la celebración del carnaval en el puerto: como cualquier veracruzano respetable, bailó danzones sobre un tabique; por otro lado, estuvo al pendiente de que alguien enfermera o se accidentara.
Su aguda visión, mente inquisitiva y tenaz voluntad le permitieron develar misterios que a otros les fue negado siquiera intuir. El informe detallaba los síntomas de una curiosa enfermedad que sólo el pudo apreciar y que consignó en el informe.
Observó que a un determinado grupo de personas la nariz les enrojecía; sus ojos los tornaban rojizos y cristalinos, sin poder fijar la mirada, que erraba por todas partes sin atinar a distinguir los ahora difusos objetos. Perdían el sentido del equilibrio, el mundo giraba y giraba en vertiginosas vueltas; disminuían señaladamente sus facultades de expresión, resbalaban las palabras, proferían frases incomprensibles. Los más enfermos incluso vomitaban. Hubo quienes reían ante lo que parecía una cómica realidad, otros lloraban, quizá por lo desusado de la situación.
Los síntomas de esta enfermedad no desaparecían al día siguiente. Extraños escalofríos recorrían el cuerpo. El mareo no cedía un ápice, las nauseas aún persistían. La cabeza sentía el paso del fluido sanguíneo, en las sienes particularmente, con punzantes palpitaciones. Sólo al paso de los días, los efectos disminuían hasta su eventual desaparición.
Estos síntomas ya los conozco, son de origen viral pensó
el doctor.
Una serie de dudas y cuestionamientos surgieron en la mente de Emma.
(*) Director de Tecnología de Indicium Solutions.